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Entonces ya era alto y narigudo y nunca me sentaba delante. Tenía una cresta rizada y circular que sobresalía al final de la clase. Fueron los tiempos del pelusa Maradona, el Mundial 82 y el chándal del piojito. Los lunes no jugábamos al fútbol en la explanada del estadio porque el pedregal se enfangaba de jirones de bragas y calzoncillos, blusas deshilachadas, algún zapato suelto, etiquetas, envoltorios y hasta jeringuillas. Las casapuertas (los portales) del barrio se convertían en improvisados probadores; las mujeres y los niños trajinaban semidesnudos en el rellano de la entrada, las escaleras y el ascensor. Había en el edificio un estrépito de risotadas, murmullos y enojos infantiles. El mercadillo de los gitanos ponía el barrio patas arriba y por unas horas la casa parecía un camerino. Era uno de esos lunes. Corría por la cuarta planta, desencajado, sin aire, cuando se apagó la luz y la arrollé contra un macetero gigante. Hubo negra tierra en las mejillas y labios retorcidos en el pubis. Su voz fue un rugido, su furor inolvidable.
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