domingo 17 de febrero de 2008

Un fulano llamado Joe Bataan

A Joe Bataan lo daban por muerto o defenestrado. Y casi lo estuvo. Tendido en la cama de un hospital, diez años atrás, rezó como nunca en su vida. Creyó apurar los últimos minutos en una descarga de salmos y plegarias, y aunque la fórmula sagrada es caprichosa y a menudo falla, se comprobó que hay excepciones divinas para una estrella de Harlem que aún goza de mucho tronío. De Puerto Rico y extracción nuyorika le viene ese eléctrico mestizaje, que el pasado 15 de febrero resucitó por enésima vez sobre el escenario de la sala Apolo. 

Lo hizo a pleno soul, en comunión con tremendos clásicos del bugalú, el mambo, la salsa, el funk y el rap neoyorkino, junto a su mujer en el coro ("¡Sin ella no puedo!", confesó nada más empezar a cerca de mil personas que vibraron durante todo el concierto) y un combo de virtuosos de la nueva generación disco latin soul (entre otras apelaciones) de Barcelona. Se llaman Los Fulanos, tienen calle y talento, y más que una banda suenan como una gran orquesta. Primero se atrevieron con el rey de la rumba catalana, Peret, y la versión de un temazo, El Gato, de Cheo Feliciano, en la ecléctica compilación de Achillifunk. Ahora editarán un disco, el segundo tras Arqueología E.P. (Nation Funk, 2006), con otro icono de los años sesenta: Mister Bataan.  

El viejo teatro de Nou de la Rambla se tambaleó. Los palcos tapizados brincaban al son de un público entusiasta y exigente, que disfrutó del espectáculo como una actuación de privilegio. Apenas había pasado media hora de precalentamiento cuando el mito entró en escena. Ataviado con una camiseta de tirantes y pantalón negros, a juego con el tono de su voz,  y rechoncho de vigor, apareció bajo los focos como salido de una tórrida escena de estío en el Spanish Harlem. A partir de entonces Mister Bataan dirigió a los músicos por las callejuelas de temas que han hecho historia, como Gipsy Woman, cuya versión original de Curtis Mayfield siempre ha interpretado de forma magistral

"Si alguien falla, tú serás el responsable", le había advertido al batería, Daniel, un joven barbudo y espigado, 30 años menor que él, que tragó saliva, asintió con la cabeza y asumió con escalofríos la solemnidad y el brío del maestro. La alfombra roja del ritmo estaba en sus manos. El chico, y toda la banda con él, aceptaron el reto en un par de ensayos. Joe había recibido una muestra de Los Fulanos en Estados Unidos a través de Internet. Entró en el juego y les envió sus partituras originales. Dos conciertos, en Madrid y Barcelona, y la grabación de un disco, que se fraguó en dos días de encierro. 

"Olvídense de todo lo que han hecho hasta ahora", les dijo el veterano pianista al poco de conocerlos. Y no hizo falta nada más. Así se saltaron las polvoredas del tiempo y enchufaron una hora y media de candela musical de lo más fresca y contagiosa. Quizás esto ayude a comprender la naturaleza de un hombre que desafió los códigos semimafiosos de las disqueras nuyorikas en los años dorados de la música latina. Dice que se enfrentó a ellos por exigir los royalties. E incluso abandonó la Fania, que entonces sólo permitía cantar en español, para hacer lo que le dio la gana. Fundó dos sellos, el último, SalSoul, intentó competir con Fania en las emisoras musicales, y acabó en el destierro. De todo eso le quedaron heridas, que bien ha superado, y el respeto de varias generaciones. 

Entre sus admiradores, estos golfos de corte elegante, que han digerido con astucia el pulso de la música disco de raíces negras y latinas. En los coros, además de la señora Bataan, se desplegó al unísono el triunvirato de Los Menganos, que apadrina la nueva experiencia. Miguelito Superstar y Lalo López (Fundación Tony Manero y Chocadelia Internacional) y el Xeriff (Dr. Calypso) trazaron una línea de sobrio desparpajo. El trío vocal evocó la estampa de un club de New Orleans, definida por rostros tumbaos en perpendicular a los micrófonos, sombreros de fieltro de ala corta, gafas de sol, chalecos, camisas entreabiertas, y los troncos y extremidades en perpetuo riesgo de descomposición. Su riqueza melódica y de acompañamiento, a Bataán, a los vientos, al piano y a la percusión, no dejaron aire en la sala para quedarse quieto. 

El Míster salió del Apolo entre decenas de achuchones y autógrafos; se montó en un taxi y agitó un brazo por la ventanilla. Antes de desaparecer, entre el negro y amarillo del vehículo, asomó una sonrisa descomunal para gritar: Barcelonaaa!! El resto de la banda se concentró en el Glaciar, un amplio garito con maderas de cafetín que esa noche vibró en un recodo de la Plaza Real. Y allí estaba este cronista de Cádiz, un fulano en lo mejor de la fiesta. Pero esa es otra historia. 
 

3 comentarios:

Nom Snad dijo...

Achillifunk


Me ha gustado tu relato, amigo. Lo cuentas de tal forma que a uno le invitas a asistir aunque no se quiera. Y te entiendo muy bien, porque esos momentos especiales son de los de muesca, como un anillo más en la oreja del pirata. Una pena no haber estado allí, pero tu crónica ya es un regalo.

Cuando me nombras Plaza Real, la real, la autentica, la de toda la vida, con sus palmeras encanecidas hacia el suelo, me viene a la cabeza que esa plaza es mi referente barcelonés y que ha contemplado casi mis vísceras en remojo de su fuente central. No, no es que me hayan pasado a cuchillo por un puñado de billetes de quinientas, pero quizás sin saberlo he podido estar cerca del momento, porque entonces, en los comienzos de los ochenta ya era una lugar cainita y a la vez cosmopolita. Lo que quiero decir es que he pasado allí mis horas muertas observando ese circo de ingentes pistas, y a partes iguales he ofrecido, sin pasar apercibido, situaciones especiales, donde me he vaciado en determinados momentos. No lo hacia adrede pero coincidía, porque esa plaza tiene imanes. La ultima vez que ‘actué’ estaba hospedado en un hotel en el Raval, y dado como se ha puesto ese barrio podría haber sido el espacio ideal, porque me gusta. Aquellas terrazas y esos garitos de nuevo cuño mezclados con el olor curioso y esparcido de las especias que se usan por Asia. Pero no, tenía que ser en una terraza de la Real y concretamente en la del Glaciar, mire usted, donde dejé dicho a mi perplejo socio que dejaba el invento. Recuerdo perfectamente qué cosas pasaban a mi alrededor ese día en la plaza.

En el ochenta y tres, cuando iba a despachar las cuentas a Capitanía bajaba desde la Plaza de Cataluña andando por callejas paralelas a Las Ramblas hasta el hoy reactivado El Borne donde estaba y estará ese palacio-cuartel lleno de despachos tenebrosos. Y era curioso, entonces, cómo a plena luz del día, que una vez llegado a la altura de la perpendicular calle Fernando (cómo no!) empezaba todo un submundo que incluía la Plaza Real. De ahí y hasta mi punto de destino, la canalla estaba esparcida con las caras más imposibles que recuerdo ¡déjate del barrio Chino! Hasta que no divisaba la curiosa entrada trasera de Capitanía no paraban de aumentar los pálpitos. Pero todos los meses repetía la experiencia, creo que librándome de alguna, o es que quizás, por aquellos años no se atracaba a pleno día, por una especie de código deontológico, digo yo.

En esa época también acudí un par de veces a un local de la plaza que se llamaba La Cueva donde había sesiones de jazz en directo. Imagino que ya no existirá porque ahora exigen que tengan salidas de incendios y esas cosas y aquello era una autentica ratonera llena de humo y brillos de trompetas. ¡Ah! qué momentos vivimos, amigo Bostu. Por lo que veo y siento, las cosas siguen teniendo mordida dependiendo de uno y no de los tiempos. Por eso cuando alguien dice eso de ‘en mis tiempos’ cierro las orejas y me echo a dormir.

On The Rock dijo...

Siento que pese al tiempo eres el mismo. Al menos en esencia. Seguro que habrías vuelto a contagiarte de la intensidad de aquella noche, del lugar y de sus gentes.

Sí, Barcelona se remoza a cada paso en esos barrios, coqueta y mestiza, selecta y callejera. No habitan sus aceras las blancas siluetas de la amapola, el lumpen de los ochenta; habrán muerto las putas del pasado, dejaron paso a otras. Sin embargo aún queda el rastro de cronistas desaparecidos, como Vázquez Montalbán, en el paso cenagoso de sus detectives, en los muros ruinosos de ropas tendidas, en los gitanos y mercachifles, en los mímicos y mendigos de la Rambla, en los soportales de la Plaza Real, en el trasiego de bambalinas y el patio trasero de La Boquería, en la humedad de las décadas...De todo ello, como bien dices, ha nacido otro tiempo, que es de uno, y tiene ingenio y brillo. Tanto como para volver una y otra vez a intentar cogerlo.

Me emociona que esta crónica haya despertado tales evocaciones. ¿Qué mejor recompensa puede soñar un relato de piratas?

Nom Snad dijo...

…pues, póngame otra, amigo. Necesito un poco de mortaja para mis huesos dolorosos. Por lo demás, hace buen día. Dicen que este anio podrán anidar las alondras en tu vecino balcón. Estás historias le dejan seco a uno…