martes 13 de mayo de 2008

El Quijote de Sarajevo

Andaba por el barrio turco, la ribera del río Miljacka, y portaba un libro de tapas negras con el título cosido en rojo en la lomera que decía El Quijote de Sarajevo. A un lado estaban las colinas y las nubes de plomo, la que fue su posición de artillero en el asedio; al otro, la biblioteca reconstruida y su fachada neomudéjar bajo reforma. Casi inerte abrió el ejemplar que contaba a los psiquiátras que había escrito para calmar las voces de otros seiscientos mil libros. Lo contempló durante horas, boquiabierto, en un rictus demente, y al cabo del tiempo emergió de las hojas el trazo de un hidalgo con armadura que le maldecía por incendiario de novelas caballerescas. En ese instante el artillero cayó al río. Lo último que escuchó fue el silbido de un tranvía y el relinchar de un caballo. El libro quedó abierto en el suelo en blanco.