lunes 15 de diciembre de 2008

Viaje a la inopia

Hay noches de cábalas donde se viaja a ninguna parte. La nada es un estanque, llueve sin cesar y el agua repica en las azoteas y los nidos. En un desapego casero de encierro de invierno el cerebro se hace líquido, remonta los tejados y filtra un lago entre colinas y bosques de robles. Hay noches en las que recordamos la última noche, y la memoria nos hace felices, un éxtasis imaginario, a punto de brincar desnudos de gozo desde un embarcadero de luna de verano. Esas noches se acomodan en las rutinas y generan estados perplejos. Son simuladoras de paraísos que cubrimos de otoño del imperfecto pasado o tildamos de primavera loca del sueño futuro. Me pregunto qué tiene de malo estar en la inopia, ese vuelo declarado improductivo, donde el tiempo es brisa y los trigales se columpian. Qué mayor placer que estar en la parra, de besos y veredas, y cumbres y nogales y arroyos de montaña. Hay noches de cábalas en las que viajo a la inopia como un desarme del alma. Quisiera quedarme en ellas, pero son escurridizas: horas de tránsito sin pasajeros. Más que otoño, invierno o primavera mi inopia es el puro salto de un embarcadero de luna de verano.