lunes 9 de febrero de 2009

El fuego que nos quema

Entallada de soledades caminaba por la calle Larios. En sus andares resplandecían fermentos de esmaltes, destellos quebrados de aguja y un halo confitado de faroles atronadores. El conjunto electrizante tornaba su ebriedad en un sofoco de crepúsculo de feria de agosto. Desde el mediodía soleó el querer como una bandera expatriada, ajada y turbulenta, como si ahogarse en whisky fuera el único sumidero para restañar la ausencia. De puta conocía miles de trucos y fingidos menesteres, pero de mujer repudiada y amor en falso no había aprendido aún a reponerse.